209 años de independencia: entre la soberanía proclamada y la emancipación inconclusa.
1. El 9 de Julio, más allá de la efeméride
Cada 9 de Julio, los actos escolares y los discursos oficiales evocan la Declaración de la
Independencia como el momento fundacional de la patria. Sin embargo, a 209 años de aquel Congreso de Tucumán de 1816, la pregunta por el verdadero significado de la independencia sigue abierta: ¿de qué fuimos independientes? ¿Lo somos hoy? ¿Qué relación hay entre la soberanía proclamada entonces y el estado actual del país, sometido a poderes financieros globales, lógicas extractivistas y una desigualdad estructural que se profundiza?
Volver a pensar el proceso emancipador desde una óptica crítica permite comprenderlo no como un relato heroico congelado, sino como un conflicto profundo por el tipo de sociedad a construir. La independencia no fue un punto de llegada, sino el inicio de una disputa que hoy sigue abierta. Recuperar ese impulso original, radical y transformador, no es un gesto de memoria: es un acto de urgencia.
2. Mariano Moreno y el ideario emancipador
Mariano Moreno emerge como una figura bisagra entre la Ilustración europea y las
urgencias americanas. Formado en Chuquisaca y empapado de las nuevas ideas, encarna una versión radical del proyecto emancipador: no se trata sólo de romper con el poder de los virreyes, sino de transformar la estructura colonial que sostenía privilegios, exclusiones y jerarquías.
A diferencia de otros miembros de la elite criolla, comprendía que la libertad debía ser
acompañada por reformas sociales profundas: libertad de prensa, educación pública, libre comercio bajo control nacional, fin del monopolio de los peninsulares. Su Plan de
Operaciones —censurado y ocultado durante décadas— proponía una revolución integral.
En uno de sus pasajes, afirmaba que era necesario “favorecer al pueblo, aunque este se
equivoque, porque en él está el germen de la verdadera libertad”. La independencia, para él, era medio y no fin: debía servir a la creación de una república de ciudadanos libres e iguales.
Fue un hombre austero, disciplinado, profundamente comprometido con una causa que
intuía mayor que su tiempo. Frente a la sumisión colonial, proponía una insumisión lúcida.
Frente al boato del poder virreinal, la pluma encendida de un joven ilustrado que no temía hablar de república cuando otros todavía juraban fidelidad al rey cautivo.
3. El 9 de Julio de 1816: una independencia condicionada
El Congreso de Tucumán fue, sin dudas, un hito político de enorme valor. La formalización de la ruptura con la monarquía española era necesaria para consolidar un marco institucional frente a las guerras de independencia. San Martín lo había exigido en términos categóricos: resultaba absurdo tener escarapela, bandera y moneda propias, y al mismo tiempo, no declarar formalmente la independencia. Advertía que ese silencio “se parecía bastante a la estupidez”.
Sin embargo, el acto del 9 de Julio no estuvo exento de contradicciones. En su origen, no todos los actores sociales fueron convocados. Los pueblos originarios, los afrodescendientes esclavizados, las mujeres, los trabajadores rurales y urbanos —protagonistas silenciosos del esfuerzo colectivo— fueron invisibilizados por la narrativa oficial. Además, la independencia política no se tradujo en una ruptura con las lógicas económicas heredadas del coloniaje. Se reemplazó al rey por las elites comerciales del Río de la Plata, que defendían sus intereses por encima del bienestar general.
La elite dirigente oscilaba entre la tentación monárquica y el miedo a la radicalización del proceso revolucionario. La figura de Moreno, fallecido en circunstancias oscuras años antes, ya había sido marginada por sus propios compañeros. Su legado incómodo fue enterrado bajo una idea de independencia que buscó conservar el orden social, más que transformarlo.
4. Lecturas actuales de la independencia
La pregunta por la independencia no puede limitarse al pasado. En la Argentina de 2025,
acosada por un endeudamiento impagable, sometida a las condicionalidades del Fondo
Monetario Internacional y testigo de la demolición de su aparato productivo e institucional, la noción de soberanía se vuelve urgente. ¿Puede un país decidir su destino cuando los intereses financieros externos dictan su política económica? ¿Puede hablarse de justicia social cuando el 55% de los niños vive en la pobreza?
El modelo de país que hoy se promueve desde los sectores dominantes —financiarizado,
reprimarizado, con trabajo precarizado y sin derechos— es la negación misma del ideario emancipador. En este contexto, recuperar la figura de Moreno es volver a pensar la independencia como programa de justicia y no como fecha patriótica. Es denunciar los nuevos modos de dependencia: no ya virreinales, sino bursátiles; no impuestos por la corona, sino por los fondos de inversión.
La independencia también es energética: sin control sobre Vaca Muerta o el litio no hay
soberanía. Es alimentaria: sin una política que garantice el acceso a la comida frente a la
especulación exportadora, no hay justicia. Es tecnológica: sin capacidad de producir conocimiento propio, el país será condenado a la dependencia perpetua. Y es cultural: en tiempos de discursos negacionistas, de odio organizado y de desmemoria planificada,
defender la historia como herramienta de conciencia crítica es parte de la batalla por una nueva emancipación.
5. Conclusión: la independencia como tarea pendiente
El 9 de Julio debe ser más que un acto. Debe ser una interpelación. Una invitación a revisar cuánto de lo proclamado hace dos siglos sigue esperando realización. ¿Es independiente un país que entrega sus recursos naturales a empresas extranjeras sin control ni regulación?
¿Es soberano un Estado que ajusta a sus jubilados para pagarle al FMI? ¿Es justa una patria donde millones trabajan sin derechos y cientos de miles de jóvenes ven negado su futuro?
Mariano Moreno murió joven, en pleno viaje hacia Inglaterra, quizás envenenado, quizás simplemente vencido por las tensiones de su tiempo. Pero su pensamiento sigue vigente. Y su legado, lejos de ser el de un prócer de bronce, es el de un revolucionario inconformista que entendió que la libertad sin justicia no es más que una ficción.
Hoy, a 209 años del 9 de Julio, no alcanza con repetir que somos independientes. Hace falta demostrarlo. En cada decisión económica, en cada derecho conquistado, en cada niño que coma y estudie, en cada trabajadora protegida por un convenio. Declarar la independencia fue apenas el comienzo. Hacerla efectiva es la tarea histórica que, todavía, nos espera. Y que nos exige.