A 50 años del Rodrigazo: el programa económico que fracturó a la Argentina.
A medio siglo del Rodrigazo, es posible afirmar que aquel plan económico no fue simplemente un ajuste coyuntural, sino el punto de inflexión histórico que refundó en clave regresiva el modelo económico argentino. Diseñado y ejecutado por el ingeniero Celestino Rodrigo y su círculo de colaboradores —notablemente Ricardo Zinn—, el programa lanzado el 4 de junio de 1975 marcó el fin de un ciclo de industrialización, crecimiento con inclusión, y protagonismo estatal iniciado con el peronismo clásico, y el comienzo de un proceso sistemático de desarticulación del mercado interno, precarización del trabajo, transferencia regresiva del ingreso y pérdida de soberanía económica.
Del Estado de Bienestar al ajuste de shock
El Rodrigazo puede comprenderse como una política de disciplinamiento social ejecutada en nombre de la estabilidad macroeconómica, que interrumpió violentamente la experiencia distributiva del Pacto Social y el Plan Trienal impulsados por José Ber Gelbard bajo la tercera presidencia de Perón. Ese intento de conciliar los intereses del capital nacional con una participación ascendente de los asalariados en el ingreso —que alcanzó un récord del 50%— fue abruptamente desmantelado. Las medidas anunciadas por Rodrigo incluyeron una devaluación del 100%, aumentos del 175% en combustibles y topes salariales, que lejos de estabilizar, detonaron una espiral inflacionaria. El Rodrigazo no resolvió la crisis: la redefinió estructuralmente en favor de los sectores dominantes, con un carácter marcadamente antiobrero y antiindustrial.
Cambio de paradigma: el inicio de una nueva hegemonía
Las condiciones externas (estanflación global, petrodólares, endeudamiento) y el reacomodamiento interno de las fracciones del capital (en especial el agroexportador y el financiero) posibilitaron la instalación de un nuevo consenso de poder. Ese consenso dejó de lado el ideario de desarrollo nacional autónomo y abrazó la lógica del capital financiero transnacional, comenzando con una inédita transferencia de ingresos de los sectores populares hacia las elites rentistas. La concentración del ingreso se profundizó: la relación entre el 10% más rico y el 10% más pobre pasó de 12 a 17 veces. En paralelo, la pobreza se multiplicó por diez desde el 4% previo al Rodrigazo.
Este nuevo orden implicaba un debilitamiento deliberado de la clase obrera organizada, clave en el sustento político del peronismo. El disciplinamiento económico no fue una política aislada: fue el prólogo del terrorismo de Estado, cuyo blanco principal fue el movimiento obrero. La reducción del salario real en más de un 25% en pocos meses, y la caída de la participación de los asalariados en el PBI, no son solo datos económicos: son huellas de un proyecto social regresivo.
Del plan económico a la ruptura social
La memoria histórica suele asociar al Rodrigazo con la inestabilidad del gobierno de Isabel Perón, la actuación esotérica de López Rega o los desequilibrios del último peronismo. Pero el verdadero legado del Rodrigazo fue mucho más profundo: produjo una mutación estructural del capitalismo argentino, sellada con sangre durante la dictadura, continuada en democracia a través de la reforma financiera de 1977 y perpetuada en los años del consenso neoliberal.
El Rodrigazo fue también un experimento político: ensayó el ajuste con democracia, y al fracasar en contener la respuesta popular (con el primer paro general contra un gobierno peronista y masivas movilizaciones), anticipó la necesidad de represión directa para garantizar la continuidad del programa. Allí se gesta la idea de que democracia y acumulación capitalista resultaban incompatibles, una idea operativa en las elites hasta el día de hoy.
Medio siglo después: consecuencias persistentes
Los datos del presente confirman que la fractura iniciada en 1975 nunca fue saldada. La informalidad laboral, la pérdida de peso del salario en el ingreso nacional, la reprimarización de la economía, la fuga de capitales y la pérdida de autonomía productiva siguen configurando el panorama económico y social. Lo que se consolidó fue una estrategia de miseria estructural.
El Rodrigazo puede leerse, entonces, como el inicio de una contrarrevolución neoliberal a la criolla, que utilizó instrumentos económicos para desmantelar el proyecto nacional-popular que, con sus contradicciones, había intentado articular justicia social, soberanía y desarrollo autónomo. Hoy, a 50 años, sus efectos estructurales aún delinean los márgenes de lo posible en la Argentina.
A modo de conclusión
Aquel 4 de junio de 1975 no fue simplemente la fecha de un anuncio económico. Fue el día en que la Argentina abandonó el paradigma de justicia social como horizonte estatal y comenzó a transitar —con la excepción de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández— un camino de subordinación a los intereses del capital financiero global. La vigencia del Rodrigazo no reside solo en su memoria: reside en sus consecuencias materiales y simbólicas, que siguen ordenando el presente.
Repensarlo hoy implica, por tanto, no solo entender el pasado, sino también desentrañar las raíces del presente y recuperar la posibilidad de construir un futuro que no repita, bajo nuevas formas, las recetas del ajuste perpetuo.