El Papa Francisco, y una difusa claridad reiterada en la historia Argentina. Por Mario L. Gambacorta.
1. Una cada vez menos excusable confusa dimensionalidad
Hay ciertos acontecimientos que en la historia Argentina que se repiten con más frecuencia de lo necesario.
Probablemente, evidencian la continuidad o reiteración de una cultura que suele no reconocer a sus protagonistas y menos su relevancia; no sólo en términos locales sino en sus proyecciones internacionales, menos aún, su interrelación.
Todo esto, se refracta sobre Argentina de maneras complejas, evidenciando, a nuestro entender, una miopía dimensional respecto de la comprensión de los procesos y protagonistas históricos.
Se puede hablar, en esta latitudes, mucho de política; reiterándose; paradójicamente, como un mantra -y con poca precisión conceptual-, “soy apolítico”. Cuando parecería que, lo que ocurre en realidad, es que no somos apolíticos; sino que jugamos a la política, con los riesgos que ello conlleva.
Es un casi permanente falso conocimiento, una premonición que se reacomoda, un vaticinio de lo que puede pasar o no pasar. Volátil y cambiante, más de lo admisible en términos de causas y efectos, y de la posterior asunción de responsabilidades.
Sería una suerte de errado entender, una confusa dimensionalidad. Abonada por la ausencia o desatención de elementos formales para el análisis, y por un desconocimiento o desconcierto, ante los contextos e intereses en juego en la verdadera política.
Nos afecta una dificultad para saber interpretar adecuadamente, o al menos reflexionar sobre las posibles interpretaciones; cerrados en el dogma al que adscribe cada uno, o al que se es funcional. Y esto se proyecta en un fallido reconocimiento de nuestros efectivos intereses como Nación. Es más fácil adoptar lo que querríamos, que lo que deberíamos ser y hacer…
Pienso esto habiendo sido testigo de muchas alegrías, tragedias y estupideces ocurridas en Argentina.
Son reflexiones que, me vinieron a la mente, recurrentemente, ante el fallecimiento de “nuestro” Papa Francisco, y por escuchar hablar de él a amigos y enemigos.
Sí, dije enemigos; que lo fueron, y que ahora se acomodan hasta que, probablemente, vuelvan a estigmatizarlo nuevamente en el futuro -con mayor o menor fundamento-, en sus enseñanzas y legado.
Lo realizado por Francisco cuando era Bergoglio, y por Bergoglio cuando pasó a ser Francisco (aunque no sabemos cuánto hemos registrado de ello en términos de internalización), se me presenta y representa; para intentar bosquejar en estas modestas líneas críticas y, probablemente, un tanto duras; alguna parte de la esperanza que nos enseñó, y que tanta falta nos hace al presente.
2. Francisco y San Martín
Desde el momento que me enteré de la muerte física del Papa Francisco, inmediatamente vino a mi mente Don José de San Martín. Y eso, entiendo, no se dio por el pintoresco -e inconducente- debate que empieza a esbozarse, o se quiere instalar; respecto de cuál fue el argentino más importante de la historia.
Colijo que siempre es oportuno -para los oportunistas-, debatir inútilmente sobre aspectos diferenciables que, en la práctica, no cambian nada, ni conducen a ningún lado si no se los contextualiza. Son funcionales para eludir el fondo de las cuestiones relevantes que deberíamos debatir como sociedad.
Se entronca lo anterior con un análisis que ratifica la profunda dificultad para diferenciar procesos e internalizarlos, en vista de un aprendizaje colectivo y compartido de los procesos históricos.
Pensaba en San Martín, porque también murió lejos de la Patria, sin regresar. Sin que todos lo recordaran como hubiera correspondido en ese momento.
Distinto e igual que Francisco, San Martín era reconocido a nivel internacional. Respetado, en su caso, como uno de los tres grandes libertadores del continente americano, junto a Washington y Bolívar.
Sin entrar en una lamentación inconducente; si entiendo necesario reflexionar respecto del hecho que, ambos no regresaron a la Patria que tanto demostraron amar.
Fueron atravesados por frecuentes y patéticos debates en torno a sus figuras. Algunos pocos esperanzadores; otros más, mezquinos, aunque se los quisiera disfrazar, por los mismos traidores a todo lo bueno y justo que, sistemáticamente, se replican a lo largo de la historia, de nuestra historia.
3. La valorización del héroe, pero cuál
Serían el tiempo, y necesidad, de recuperar algunos de los héroes que fundaron y lucharon por nuestra Nación; quienes harían decantar al General Don José San Martín como el Padre de la Patria. Por simple estrategia y/o convicción de los que lo hicieron. Y sigue el debate…
Se valorarían entonces, más y mejor, los esfuerzos que hizo San Martín. Ello, a pesar de los enemigos que no le faltaron, y seguían siendo elogiados por muchos de los que ahora recogían la figura de San Martín-. Muchos pretendidos compatriotas -a los que esta última caracterización probablemente no les corresponda, por haber tenido actitudes, más en función de intereses extranjeros que de los criollos- fueron sus enemigos.
Hablé primero de San Martín, por ser San Martín, el Padre de la Patria; pero podríamos hablar de otros. De cómo terminaron sus días (lejos o alejados) muchos otros de nuestros grandes próceres; verdaderos héroes de una Nación, que sin ser perfectos, destacaron.
Serán varios de los presentados como perfectos quienes solieran ser traidores y, en el mejor de los casos, tibios. Que una historia prefabricada muestra como héroes módicos, para construir la fantasía que nos viene devorando. Y que ya devoró a muchos de aquellos, no de estos; los verdaderos héroes.
Así Moreno, perdido su cuerpo finalmente en el mar, por oscuras razones que impidieron que siguiera siendo parte del gobierno de los albores de la Patria.
Así Saavedra, diluido en un segundo plano de la misma historia argentina naciente.
Así Belgrano, muriendo en la más profunda pobreza. Peor aún; en el olvido, que le impusieron tiempo antes; y más, con los enfrentamientos de la llamada anarquía del año 1820.
Así Güemes, herido mortalmente por una bala española a la que muchos de sus coterráneos y aledaños contribuyeron a que se disparara (por omisión y acción), poniendo límites a su lucha gaucha, plebeya; y a las transformaciones políticas y sociales que venía impulsando.
Así Juan Manuel de Rosas, borrado durante casi un siglo de la historiografía Argentina, resurgido como defensor de la soberanía nacional. Como alguien que supo enfrentar los poderes extranjeros. Y ello le mereció un reconocimiento mayor, el sable que San Martín le legó.
Pero existió Caseros, con tropas y mercenarios extranjeros que garantizaban los intereses de otros que no eran criollos; y condicionaban el proceso de organización nacional en favor de los unitarios y liberales (sus empleados locales).
Así Hipólito Yrigoyen, también vilipendiado, insultado. Estigmatizado con la muletilla de la corrupción; derrocado y encarcelado. ¡La corrupción! Siempre usada por los sectores más reaccionarios y antipopulares cuando no tienen otros argumentos.
¡La corrupción! Paradójicamente, acompañada por la estupidez de muchos sectores populares que atribuyen y golpean, con su -justificada- frustración, sobre los que luchan, bien o mal, por ellos.
Sin embargo, demasiados perdonan o desatienden el actuar de los que los atacan, los agravian y mutilan en sus proyectos de vida. Con esto, no hacen sino permitir que, periódicamente los mismos, hagan los mismos desastres, escapen, se reconfiguren y vuelvan a las andadas en pocos años. Ellos o sus sucesores pero, eso sí, nunca considerados como corruptos. A lo sumo, alivianados en la crítica por “sus errores”-.
Así Forja, surgiendo como un faro referencial en el medio de una crisis de decadencia política, moral, y ética; como fue la década infame de 1930. En ese contexto de derrota popular, gobiernos de facto y pérdida de rumbo; un grupo de jóvenes radicales, formados en el compromiso con su Patria, empezaron a hilvanar ideas y propuestas que luego, contribuirían al proyecto del mejor peronismo.
Contribuyeron a un proyecto integrador, para un mismo movimiento nacional que, no siempre se mantiene unido. Y pese a todos los ataques de las formaciones hegemónicas antinacionales y antipopulares; primero, articulado en torno al yrigoyenismo, luego al peronismo.
También son parte de este, las ideas del federalismo argentino y las de los líderes profundamente populares que lo sostuvieron, frente a las actitudes serviles de una ilustración extranjerizante, en muchos casos traidora; con federales disfrazados y unitarios devenidos en liberales.
Así también, llegamos a Perón, que logró casi ser, frente a esta lógica expulsiva, una excepción. Lo señalamos porque a pesar de sus 18 años de exilio, pudo volver a la Patria; por lo que era y lo que representaba. Y así: recuperar la democracia, ganar las elecciones, posibilitar el crecimiento con trabajo, y morir en su tierra.
Pero como es habitual, y en línea con los proyectos de destrucción; la dictadura cívico-militar, una vez más, trataría de borrarlo de la historia; a él y a la militancia.
Los querrán hacer olvidar, los pueden ocultar momentáneamente, pero en los momentos necesarios el pueblo vuelve a ellos; porque son imprescindibles. Cuando queremos rencontrarnos, reconstruir nuestra identidad, y comprender la realidad que nos quieren imponer en nuestro perjuicio.
Volvemos a ellos para construir un proyecto alternativo. Para las transformaciones que buscan la felicidad del pueblo. Para resurgir, los necesitamos y los debemos saber buscar; a pesar de una historia que se nos oculta, que es desdibujada maliciosamente.
Ellos, plantearon la transformación que todavía nos falta: la definitiva independencia.
Sin comparación posible con éstos, mencionábamos también a los otros personajes: los oscuros, los traidores, los serviles cipayos de cuanto centro de poder les permita ser sus esbirros. Esos que, seguramente, no quedarán en la historia grande que construye una Nación; los que deberán enmascararse o ser enmascarados en ella.
Serán lo que son; un elemento perturbador, dañino, mediocre y oscuro. Han surgido, y sabido ser recuperados por sus pares, como el remedio peor que la enfermedad.
Son los bastardos de los acontecimientos que bastardean. Nunca podrán entender que, los verdaderos héroes de nuestra historia, resurgen en la memoria de su pueblo.
¿Y ahora pasará otra vez…? ¿También con Francisco?
4. ¿Cómo mirar al Papa Francisco y a nuestra Patria?
Cuando miramos a Francisco solo como argentinos, desde nuestra posición en Argentina, y como si “solo” fuera un argentino Papa. Estamos errando.
Estaríamos demostrando nuestra lejana o dificultosa comprensión de la actual realidad nacional, regional y mundial. Y no entendiendo que fue Francisco, su rol humano y religioso; más allá de los problemas de las diversidades que, tan caritativamente entendió y acarició. Es “nuestro”, pero ya no solo “nuestro”.
Y menos entenderíamos las relación y proyecciones de lo que pasa en el mundo, si solo lo miramos desde Argentina como un exitoso internacional.
No es el mundo desde Argentina; sino que Argentina está en el mundo, y cumple un rol en el mundo que, Francisco muchas veces le ayudó a compensar en sus dificultades; ante nuestras escasas posibilidades de poder, independencia y unidad para la acción.
Hoy nuestro presente es peor; por decadente, desmovilizado y apático.
Con un presidente que se enorgullece de reivindicar todo lo que es contrario a los intereses nacionales, promover todo lo que es contrario nuestra identidad, atacar todo lo que es popular como proyecto colectivo, descartar todo lo que hace a una identidad y a nuestras tradiciones, despreciar todo lo moral; también a la religión católica por su doctrina social, que reivindica la justicia social que él tanto abomina e insulta.
Por ello, ante la muerte de Francisco, este personaje realiza forzadas piruetas, para actuar un respeto que no tiene ni tuvo por el Papa. Porque si no respeta a sus amigos, menos a quienes consideró (?) como sus enemigos.
Así estamos, así somos. Tampoco basta con autoflagelarnos. Tenemos que mirarnos y entendernos, a pesar de todo.
El mejor homenaje que podemos hacer al Papa Francisco desde nuestra identidad, desde nuestra historia, desde nuestra cultura como pueblo, es reconstruirnos. Rescatar esa otra cultura, la del encuentro que el enseñó. Reconociendo nuestras imperfecciones, y proyectando que podemos ser mejores; porque ya lo fuimos.
Podemos construir un país con justicia social porque ya lo hicimos; podemos luchar por la defensa de nuestra Patria porque ya lo hicimos; y en esas empresas fuimos exitosos. De hecho, fuimos el lugar desde donde se reconstruyó el proceso de independencia en Sudamérica; sobre todo, San Martín mediante.
En un mundo donde el fin de la globalización neoliberal, y su consecuente fracaso para las mayorías en términos económicos y, sobre todo humanos; puede percibirse, palparse día a día; estamos en una etapa de transición que no ha terminado.
No todo está terminando, pero si hay una nueva etapa, para mejor o peor. También depende en parte de nosotros y de lo que aprendemos cuando se nos enseña -como hizo Francisco-.
Estamos en otra etapa de Argentina y del mundo, pero somos parte del mismo proceso y de las mismas luchas. En esta, tenemos el desafío definitivo de buscar categorías propias para reconstruirnos como Nación soberana, justa, independiente.
Y esas categorías, esas ideas, esos principios; como queramos llamarlos, los podemos buscar en nombres como San Martín, Belgrano, Güemes, Rosas, Yrigoyen, Forja, Perón; y también, el Papa Francisco.
¿Debemos seguir dejando pasar el tiempo? ¿Empezaremos o seguiremos poniendo en práctica lo que nos ha enseñado el Papa Francisco?
Sea esto para algunos, por profunda convicción como continuidad de la Doctrina Social de la Iglesia; sea para otros, por valoración de sus relevantes aportes; o inclusive, por un mero instinto de supervivencia y hasta acomodamiento.
Pero más allá de todo, y como síntesis superadora, las enseñanzas que enriqueció, honró y profundizó Francisco; como continuidad de la Doctrina Social de la Iglesia, con una profunda influencia en el movimiento nacional, a través de la doctrina peronista; están presentes.
Francisco nos dejó una mano tendida para que nosotros le tendamos una mano a nuestros compañeros, a nuestros compatriotas, a nuestro prójimo.
Que Dios lo bendiga y de descanso eterno. Y que, a través de él, con sus enseñanzas y con sus gestos, sepamos develar el camino que tenemos que construir como pueblo, como Nación. Siendo pueblo, desde el pueblo, y para un pueblo que alcance la felicidad que merece.
Le pedimos a Francisco que rece por nosotros, como nosotros rezamos por él en vida y, como seguiremos rezando por él ahora, que ha entrado en el camino de la eternidad.
Viva la Patria de Francisco, hijo de mí misma Patria, nuestra Patria.