Las misiones jesuíticas como inspiración de continuidad identitaria para un proyecto alternativo de Nación. Por Mario L. Gambacorta.
1. Rupturas y continuidades
Desde el Grupo Ofensiva Nacional Democrática (OND), venimos formulando diversos aportes para impulsar un proyecto alternativo de Nación que sintetizamos en la idea de Industrialización con Justicia Social. Se trata de configurar un proyecto superador del actual (de primarización, extractivismo, y financierización especulativa). En tal sentido, y en articulación con lo postulado precedentemente, también buscamos recuperar y visibilizar,; una continuidad histórica para el presente.
Todo proyecto de Nación debe representar una persistencia en las propias raíces que, en nuestro caso, buscamos recuperar y fortalecer, desde un basamento identitario. Así, nos proponemos vincular la formulación de las propuestas desde un proyecto original y propio.
Las contradicciones y falta de respuestas, con relación a procesos transformadores inconclusos; no evidencian sino los conflictos de intereses acaecidos a lo largo de nuestra historia, entre proyectos de país que se contraponen y no logran integrarse.
No creemos ni queremos para Argentina, un modelo como el actual, que se inspira en valores forzadamente transplantados. Con escuelas de pensamiento ajenas, sesgadas, distantes de la tradición histórica orientada a: consolidar la independencia nacional, permitir la adopción decisiones soberanas, y concretar la justicia social.
El actual proyecto de país, impulsado por el régimen conservador-liberal-libertario que encarna Milei, configura un brutal experimento social que flagela a la mayoría de los sectores populares. Avanza solo en profundizar las desigualdades intrínsecas de un fenómeno agotado, como es la globalización económica neoliberal, la cual beneficia a unos pocos privilegiados, postergando y excluyendo a las mayorías.
Frente a esto, rescatamos antecedentes históricos que evidenciaron un real esfuerzo transformador, y a los que entendemos como parte de un proceso emancipatorio; sustentados en categorías propias, y para una acción diferenciada.
Queremos recuperar y poner en valor una tradición histórica superadora de las limitaciones del sistema colonial del pasado, y la colonialidad del presente. Adoptar las herramientas que consideramos idóneas para formular un adecuado diagnóstico, en vista de reconfigurar hacia una realidad distinta y diferenciable de aquella que, en términos absolutos y cientificistas, se nos trata de imponer desde una centralidad excluyente del hemisferio norte occidental.
Para ello, nos nutrimos de la experiencia social, económica, religiosa, y comunitaria que, en términos políticos, filosóficos y doctrinarios, consideramos de las más relevantes en la historia de la humanidad. En el mejor sentido de la palabra humanidad. Y como el título de este trabajo ya lo adelanta, nos referimos a las misiones jesuíticas.
Una experiencia decantada en proyecto, superadora de restricciones, tanto individualistas como colectivistas. En ella convergen elementos que, le dan vida y carácter, a una identidad con la que todavía no terminamos de encontrarnos, por factores internos y externos, que no nos han permitido construir una historicidad también alternativa.
No las consideramos como un hecho histórico más a recordar. Las entendemos como inspiración de continuidad identitaria para un proyecto alternativo de Nación. Queremos rescatar y revalorizar esa experiencia, proyectarla. Y desde sus especificidades, aprender a reconstruirnos como Nación soberana y como pueblo emancipado.
2. Otro rumbo para otra historicidad
Para avanzar en lo que esbozamos en el punto precedente; nos valdremos del modelo de las misiones jesuíticas, y de algunas analogías. A través de estas, deduciremos e induciremos; agregaremos aportes y contextualizaciones; impulsando transformaciones, en vista de consolidar un proyecto alternativo.
En esa inteligencia, “nos apropiamos” de la experiencia de las misiones jesuíticas, para proyectar, desde el aprendizaje que transmiten, nuevas formas de acción, organización, y nuevas institucionalidades. Se trata de marcar un rumbo hacia el futuro, sin abandonar una historia propia. Reconstruir una historicidad; otra historicidad.
Nos oponemos a las actuales identidades trasvasadas (ajenas, inexistentes y malintencionadas), forzando la construcción de una nueva. Eso, solo se dirige hoy -como ha ocurrido antes- a la expoliación de nuestros recursos, el cierre de nuestras industrias, y la pérdida de nuestra libertad e independencia. En síntesis, destruye el presente, destruyendo a la vez, y viceversa, el pasado y el futuro.
Partimos de una idea de recuperación y reconstrucción de un modelo propio que, ante los otros -distintos y dispersos- que se pueden expresar acaecidos en Argentina; se nos presenta como el más novedoso, el más integrador, y con mejores resultados generales. Un modelo que nos permite sumergirnos en él para buscar y encontrar respuestas a muchas de nuestras necesidades actuales.
Nos apoyamos así, en algo que es parte de nuestra efectiva identidad. Quizás la mejor síntesis de nuestro origen: como americanos nativos, como europeos trasvasados. Algo en lo que podemos ver reflejados también -y en contexto-, modelos productivos en armonía y complementándose. A saber, en lo que nos interesa: modelos agropecuarios y de actividades industriales. Para recuperar y aprender de nuestro mejor pasado, comparar los presentes posibles, y construir un futuro soberano; y para ello, impulsar una Industrialización con Justicia Social.
Hoy encontramos una producción primaria y una industrialización que, cada vez, se distancian y diferencian más; en un antagónico presente de, prevalencia de la primera; y apenas supervivencia, sino extinción, para la segunda.
Colegimos que las misiones jesuíticas nos ofrecen también una síntesis superadora de eso. Nos ofrecen una formulación más que inclusiva, integradora. No solo incluyen a un grupo o un sector dentro de un proyecto, lo integran. Demuestran que, la integración va de la mano de la comprensión, con la internalización del proyecto que convoca. De este modo, permite hacerlo propio, contribuir a llevarlo a cabo desde el compromiso participativo, y defenderlo en cuanto lo requiera.
Solo así los diversos actores podrán ser partícipes históricos; en términos individuales y colectivos. Construir un proyecto común es construir pueblo y Nación; es construir Comunidad.
3. Aprendizajes
3.1. Un proyecto mestizo
Un primer aprendizaje de las misiones jesuíticas es que, fue un proyecto local, regional. Asimismo, el proyecto de Nación al que aspiramos es local y regional. Requiere complementariedad, solidaridad e integración, de y en los diversos niveles. Sin estos factores, no podremos tener en vista la concreción del proyecto.
Si bien es un proyecto situado, debemos reconocer, por sobre todo, que el proyecto de las misiones jesuíticas, al igual que nuestro proyecto actual, para una Industrialización con Justicia Social, constituye un proyecto mestizo. Y que quede claro, mestizo en un sentido de construcción política.
Lo sostenemos porque consideramos que, confronta con otras apreciaciones que son intencionalmente excluyentes y fragmentadoras, ante cualquier intento de posible integración de las diferencias en la búsqueda de un colectivo común.
Ni venimos solamente de los barcos ni surgimos exclusivamente de nuestras geografías, argentinas o sudamericanas. Es lo que, nos enseña la experiencia de las misiones jesuíticas: hay experiencias diferenciables que, se pueden articular, interconectarse y crecer en armonía.
3.2. La inculturación
Hablando de proyecto histórico y de la prospectiva de su continuidad, las misiones jesuíticas configuran la experiencia de un proyecto que, ha sido categorizado como de “inculturación”. En ellas, se recoge la presencia y el saber de los pueblos originarios; y sin devastaciones, articulan con una mirada europea, y viceversa.
Sin desmedro de lo anterior, destacamos que también hubo una mirada europea que se integraba, superando lo que hoy categorizamos como mirada eurocéntrica. Así, se pudo resolver la excluyente y cientificista apreciación que: “solo Europa transmite civilización”.
Se reconocía e integraba la tradición y la cultura de los pueblos preexistentes en la región, con el catolicismo y las reformas de los jesuitas europeos. A partir de esto, se orientaron a una construcción conjunta y colectiva.
Vale entonces, frente a la actual realidad diferenciable que implica América del Sur, y en lo que nos toca, Argentina; considerar: cómo y con quiénes construiremos un proyecto alternativo.
3.3. El impulso al trabajo, lo agropecuario, la industria y las tecnologías
En la denominación de este acápite, hemos querido usar palabras que quizás puedan parecer disonantes para la época de las misiones jesuíticas. Sin embargo, y sin entrar en meras cuestiones terminológicas; conceptualmente, son útiles para comprender el pasado, y sirven para configurar un proyecto para el presente -y el futuro-.
Las misiones jesuíticas configuran un proyecto en el que es reconocible nuestra tradición histórica -e inicios- en materia de agricultura y ganadería; pero no por ello dejaron de incorporar procesos de industrialización.
Sintetizan y reflejan sectores que siguen siendo estratégicos para la Argentina. Representan, en su contexto histórico, y en lo que especialmente nos interesa, el desarrollo de un camino para la industrialización. Por ejemplo, la industria naval; cuando las misiones llegaron a tener astilleros donde construyeron naves para poder llevar sus productos a destino.
Lo anterior nos permite apreciar una experiencia temprana de una economía productiva armonizada. Además, integrada en una comercialización regional.
De igual modo, el espíritu misionero jesuita de impulso al conocimiento, con la primera imprenta de Sudamérica, reflejó también la inquietud no solo por la construcción de conocimiento sino también por su difusión. Una transferencia de saberes como parte de la inculturación.
Esto último, lo tomamos como una suerte de antecedente analógico del complejo científico tecnológico que, al presente en Argentina, no solo es ignorado sino agredido por su gobierno; desde una reivindicada y no casual ignorancia, impulsada también por muchos que, aunque lo parezcan bastante, no lo son tanto. Sino más bien son funcionales a otros intereses.
3.4. La justicia es social
En él proyecto de las misiones jesuíticas converge la justicia social y su relevancia para un proyecto integrador. Se da impulso a un reconocimiento de derechos y tutela de quienes trabajaban. Elemento a destacar en ese proyecto alternativo, frente a la lógica de explotación extractivista, y expoliación colonial. Cuantas similitudes y analogías nos permiten esto al presente.
Como referencia contextualizadora histórica, son destacables las Ordenanzas de Alfaro de 1611, ratificadas luego por Real Cédula en 1618. Estas, buscaron mejorar las condiciones de vida y trabajo de los pueblos originarios. Pueden y deben ser interpretadas como un claro antecedente de los derechos sociales en nuestra región.
A la vez, evidenciarán las lógicas de las fuerzas de la reacción que, sistemáticamente, van en contra del reconocimiento de derechos; en especial, a los más vulnerados. Ello, en vista de sostener las desigualdades y, consecuentemente, los privilegios.
No les importaba, a los poderes reaccionarios -al igual que ahora-, que aquellos postergados luego sean transformados en descartables.
3.5. Los intereses -antagónicos- involucrados en los ataques al proyecto de las misiones jesuíticas
Hablábamos de las fuerzas de la reacción. La reacción de comerciantes, contrabandistas, esclavistas, y todos los que, integrando las lógicas imperiales coloniales, veían afectada su expansión económica individualista por las políticas instrumentadas en las misiones.
La Junta de Temporalidades que liquidará las misiones, luego de la expulsión de los jesuitas de estas tierras americanas en 1767; refleja un claro paralelismo con los procesos privatizadores de desmantelamiento de las estructuras productivas construidas por éstos, cuando beneficiaban -diríamos hoy- a sectores populares.
Y lo haría en beneficio de una pseudo aristocracia, más bien una oligarquía que, ya en aquellos tiempos; comenzaba a enquistarse en contra del desarrollo productivo local, en especial el industrial, y en evidente perjuicio de los sectores populares. Representados entonces, prioritariamente, por los guaraníes, los paisanos, y los sacerdotes misioneros jesuitas.
Recordamos que, esta articulación surgía de un consenso que, desde el respeto de las jerarquías organizacionales -institucionalidades- de los pueblos originarios; aportaba conocimiento para el desarrollo, la producción, y hasta para la defensa. Prioritariamente, frente a los embates de los esclavistas bandeirantes portugueses, y los intereses de la corona española.
Se luchaba por la soberanía de las misiones y su autonomía; por los derechos y la libertad de sus integrantes. Se luchaba por una sociedad que se entendía como de mayor justicia social.
3.6. La organización comunitaria no es comunismo: es Comunidad
Las misiones jesuíticas también nos enseñan que instrumentalizaron una organización que no se quedaba anclada en paradigmas funcionalistas estereotipados. Al decir de nuestros tiempos, no se limitaba a entender la participación como algo esporádico.
Se trató de una organización comunitaria, en la cual los jesuitas articulaban con los guaraníes, reconociendo sus tradiciones, aportando las propias; de la misma forma que los guaraníes aportaban las suyas y las tomaban de las jesuitas; fundamentalmente, la fe católica y los conocimientos técnicos que traían de Europa.
Así, se construía comunidad. Una comunidad organizada, con valores temporales y espirituales; de los pueblos nativos y los jesuitas. Una comunidad integrada.
A menudo los jesuitas fueron y son atacados por los factores hegemónicos de poder del hemisferio norte occidental; a tal punto que han sido demonizados. Colegimos, porque han cuestionado, desde la educación, el conocimiento y la acción; el poder hegemónico -político y económico- de muchas reformas que, presentadas como transformadoras para el conjunto, solo beneficiaron a unos pocos.
Hollywood es un buen ejemplo de ello. Es a menudo, un espacio que facilita una mezcla de desconocimiento, ignorancia, e intencionalidad tergiversadora; funcional a un proyecto político hegemónico de un norte imperial que, vale agregarlo, empieza a crujir.
3.7. La expulsión de los jesuitas como analogía de golpe de Estado ante proyectos autónomos
Se ha señalado que la expulsión de los jesuitas de las colonias españolas en América, por parte de Carlos III, fue un verdadero golpe de Estado contra la estructura misionera jesuítica. Quizás el primer golpe de Estado en estas latitudes. Un golpe contra lo que algunos consideraban un Estado dentro del Estado. Un golpe a una reconfiguración institucional diferenciable y diferenciada. A lo que agregamos ¿a un futuro nuevo Estado?
Las luchas contra factores externos, como eran para las misiones jesuíticas los esclavistas bandeirantes portugueses; y las luchas con factores internos, como fueron aquellas libradas con los propios españoles colonialistas, que prefirieron aliarse con los portugueses para cumplir compromisos formales, y a la vez, evitar el progreso de las misiones; así lo evidenciarían.
De igual modo, las guerras guaraníes (1754-1756), donde España en función de sus complejos intereses coloniales, cede a Portugal territorios sin importarle la realidad y afectación de la vida, la libertad y el progreso alcanzado por las misiones jesuíticas.
La continuidad en el desarrollo de las misiones jesuíticas y su proyecto alternativo, a nuestro juicio, se entendía contrapuesto -explícita o tácitamente- al absolutismo monárquico. Carlos III dará lugar a un despotismo ilustrado que, en gran parte, devorará a su imperio, más precario de lo que ostentaba.
Aquella España, no siguió las principales transformaciones que se estaban dando en el mundo; y que, paradójicamente los jesuitas y los nativos, impulsaban con mayor lógica y contextualización histórica. Pareciera aquella, no tener sino un registro tardío de la revolución industrial que ya comenzaba a reflejarse y proyectarse en distintos ámbitos. Sin atender las consecuentes diferenciaciones en materia de progreso y poder que implicaría.
En Argentina, sin desmedro del anterior golpe de 1930; desde 1976 (como expresión mayor de la brutalidad destructiva -y autodestructiva- antinacional y antipopular), se imponen y continúan desvirtuando, los proyectos alternativos. En especial los vinculados a la industrialización, y que fueron los que directamente involucraron los antagonismos respecto del impulso de la justicia social -fundamentalmente, contra el peronismo-.
Recordamos a Gustavo Cirigliano, en cuanto explicitaba, la existencia -a partir del golpe de 1976- de un proyecto de sumisión incondicionada al imperio del norte. A lo que hoy agregamos, los intereses que, dicho imperio ya casi no controla desde sus institucionalidades.
En consecuencia, es inexorable concluir que se trata de, aceptar la imposición de un proyecto ajeno (más allá de los actores externos y las complicidades internas), o de sostener un proyecto alternativo propio y diferenciado; que hoy, tratando de aprender e integrar lo mejor de experiencias pasadas, denominamos como de Industrialización con Justicia Social.
Ahora bien, esto evidencia un conflicto histórico que persiste. Lo sintetizamos en un modelo de país primarizado, ahora extractivista, financiero, y con precarización laboral; en contra de otro proyecto, industrializador, y con trabajo digno. Y esto implicó, implica e implicará luchas, diversas y diferenciadas, entre quienes los lleven adelante.
Estamos ante intereses que marcaron y marcan una brecha en términos de un desarrollo sostenible y sustentable -o no-, con consecuencias para la supervivencia independiente y autónoma de Argentina, frente a los poderes hegemónicos centrales de entonces, y de ahora.
3.8. Un Papa jesuita -y argentino-
Por esas cosas de la historia y, mucho más; desde Argentina surgió un Papa jesuita: Francisco.
Y este Papa podríamos decir que, tomó las tradiciones jesuíticas. Y las abonó con la tradición franciscana. Todo con una mirada sobre la construcción de una sociedad más justa. Por ello, impulsó, permanentemente, la justicia social. Planteó un necesario respeto de las diversidades, del trabajo, y un desarrollo que cuide la casa común; entre muchas otras cosas.
Decíamos diversidades, pero sin desatender ni olvidar, al decir del Papa Francisco; más bien enseñar que, el todo es superior a la parte. Ello, lo entendemos para ser protagonistas de una historicidad colectivamente construida desde el respeto a la individualidad y las individualidades. Con una diversidad no fragmentaria, sino integrada en una síntesis superadora, no en parcialidades que desmembraban ese todo superior a la parte.
Siguiendo, con categorías del Papa Francisco, entendemos que este proyecto no queda tampoco en la teoría, porque la realidad es superior a la idea. Así, Francisco, el jesuita; Francisco el Papa; al igual que las misiones jesuíticas, nos enseñan muchas cosas. Como la importancia de conceptos como tierra, techo y trabajo. Con la importancia de un proyecto gestionado democráticamente, en comunidad; inclusive en algunos aspectos autogestionado, autosustentable. Pero, sobre todo, que necesita integrar a todos.
Y explicitando más lo anterior, agregamos, como en las misiones jesuíticas: atendiendo a las necesidades básicas, al menos produciendo lo que se consume, y en forma armónica. Sin privaciones para el pueblo. Obteniendo la rentabilidad del negocio emprendido, tal como en las misiones; luego de la cobertura de las necesidades básicas de la comunidad.
Ese es el camino que proponemos seguir, como inspiración de continuidad identitaria para un proyecto alternativo de Nación El camino de las misiones jesuíticas; como antecedente y enseñanza a considerar, para configurar un proyecto de Nación. Una comunidad que se organiza en un proyecto alternativo. Para nosotros hoy, Industrialización con Justicia Social.
4 Concluyendo
Todo lo que se hizo; sea por la parte guaraní, la parte jesuítica, la parte de la naturaleza, la parte de la agricultura, la parte de la industria; construyeron un todo superior a esas partes. Una identidad propia de, y en esas misiones.
Hay una continuidad histórica, hay una identidad histórica. Hay herramientas que nos diferencian; tanto frente a los procesos de sumisión aceptada o, peor aún, ante los de sumisión incondicionada del presente (en los términos que enseñaba Gustavo Cirigliano).
Hay proyectos alternativos que merecen ser promovidos y defendidos. Como los defendieron los guaraníes y los jesuitas. Experiencias de producción, trabajo, y crecimiento con distribución que; debemos conocer, reconocer como propias, y proyectarlas en el presente.
Estamos ante una “misión” por construir y seguir construyendo. Adecuándola al siglo XXI, pero partiendo de nuestras raíces, de un proyecto: propio, auténtico, y que fue exitoso. Fue interrumpido, está inconcluso. No por eso dejó de ser exitoso. Y puede volver a serlo.
Las decisiones se tomaban con la participación de los actores sociales de entonces, y atendiendo sus estructuras organizativas -identitarias-. Es un ejemplo para seguir en el presente, en vista de una democracia que supere, integrando los actores sociales del presente, tanto las limitaciones formales de la democracia liberal como las de la socialdemocracia.
Ambas, estas últimas, fracasadas en el marco de la globalización económica neoliberal, por derecha y por izquierda. Que evidencian también la prevalencia de categorías eurocéntricas; limitadas e insuficientes para Latinoamérica. Más aún, poco aplicables; no trasladables a nuestras complejas realidades regionales.
Queremos postular una democracia participativa, una democracia comunitaria -no comunista ni protofascista-. Tomando la idea de Francisco: una democracia que vaya de la periferia al centro y, desde ahí, articule y construya de acuerdo con sus necesidades. A nuestro juicio, de Industrialización con Justicia Social.
Una democracia donde se consulta a sus integrantes para que sean verdaderamente partícipes históricos en un camino común de integración. Realidad ésta superior a la idea, y que se constató por contrario sensu; cuando, una vez atacados militarmente los guaraníes, y expulsados políticamente los jesuitas, se desintegraron las misiones como proyecto alternativo; ya que, a partir de ahí, se las quiso sostener con la vieja y expulsiva lógica colonial.
Hoy tenemos colonialidad; hoy tenemos racismo; hoy tenemos exclusión, fracaso y frustración. Esos son los desafíos por vencer.
Por ello, proponemos para este tiempo una continuidad identitaria, estableciendo nuevas categorías históricas para la construcción de un proyecto alternativo. Un modelo sudamericano, guaranítico, jesuítico, con la producción de nuestra tierra, con industrialización y justicia social.
De los distintos proyectos de país que hemos podido relevar, la mejor síntesis que se nos presenta para hacerlo es, la de las misiones jesuíticas; truncada pero no terminada. Por eso, hoy la recuperamos, la internalizamos como parte de nuestro proyecto de Nación; como una base de, y para ese proyecto. Para la transformación de esta tierra que nos contiene, en la que trabajamos y queremos seguir trabajando: como Nación y pueblo.
1. Reconocimientos para el pensamiento de un proyecto propio
Finalizamos, reivindicamos los aportes y antecedentes de todas y todos los pensadores comprometidos orgánicamente con su Patria, para un proyecto colectivo. En especial a quienes han tenido y tienen una influencia inspiradora, con relación y para muchas de nuestras ideas. Vaya nuestro respeto y homenaje en las personas de: Gustavo Cirigliano, Armando Poratti, Carolina Pantuso, Francisco Pestanha; entre otros tantos. Al Proyecto Umbral, en el que también destacamos, sin desmedro de muchos otros, a Horacio Ghilini y Enrique del Percio. Asimismo, resulta imposible no mencionar, ante la necesidad de estructurar un modelo de Nación, al grupo FORJA. Y a quienes hoy siguen esas sendas y construyen nuevas, para la definitiva independencia.