Dos Modelos, Dos Destinos: Soberanía con Industrialización o Sumisión al Poder Económico. Por Fernando R. Araneo.
En la historia argentina, los modelos de gobierno de derecha han mostrado un patrón constante: su política económica y social está diseñada para reducir al mínimo la capacidad del Estado, transfiriendo sus funciones y recursos a manos privadas, principalmente a grupos de poder económico concentrado, tanto nacionales como extranjeros.
Esta lógica parte de la premisa de que el mercado, guiado por la búsqueda de lucro, es más eficiente que cualquier intervención pública, lo que lleva a la privatización de empresas estratégicas, a la liberalización total del comercio exterior, a la desregulación financiera y laboral, y a una apertura económica indiscriminada.
Las consecuencias de este modelo se han repetido a lo largo de los años: desindustrialización acelerada, cierre de fábricas, pérdida de empleos bien remunerados, precarización laboral, aumento de la pobreza y la desigualdad, dependencia del capital extranjero y debilitamiento de la soberanía nacional.
Un gobierno de derecha ve al Estado como un obstáculo para los negocios privados y lo relega a un rol mínimo, sin capacidad real de planificar, regular ni proteger a la población. Su prioridad es garantizar un entorno de máxima rentabilidad para las grandes corporaciones y grupos financieros, lo que se traduce en beneficios fiscales para los más ricos, eliminación de aranceles que protegen la producción local, reducción o eliminación de subsidios sociales y un endeudamiento externo que ata las decisiones políticas a las exigencias de organismos internacionales y acreedores externos.
En contraposición, un gobierno que promueve la industrialización con el objetivo de alcanzar la soberanía nacional parte de una concepción completamente distinta del Estado, lo considera un actor central e indispensable para el desarrollo económico, la distribución justa de la riqueza y la protección de los intereses colectivos.
Un modelo de industrialización soberana implica planificar estratégicamente la economía para diversificar la producción, agregar valor a las materias primas, generar empleo digno y bien remunerado, y fortalecer el mercado interno.
Esto requiere inversiones sostenidas en infraestructura, ciencia, tecnología y educación, así como políticas arancelarias y crediticias que protejan y fomenten a la industria nacional frente a la competencia desigual del mercado global.
A diferencia de un gobierno de derecha, que concibe la apertura económica como un fin en sí mismo, un gobierno que busca la soberanía utiliza el comercio exterior como herramienta para fortalecer su aparato productivo, negociar desde una posición de fuerza y evitar la dependencia tecnológica y financiera del extranjero.
Las diferencias entre ambos modelos son profundas y estructurales.
Mientras el primero concibe al país como un simple espacio de negocios donde los recursos naturales y humanos pueden ser explotados para beneficio de unos pocos, el segundo entiende a la Nación como una comunidad organizada que necesita un proyecto de desarrollo inclusivo para garantizar el bienestar de su pueblo.
El gobierno de derecha destruye la capacidad del Estado de regular, invertir y proteger, generando un vaciamiento que deja en manos de las corporaciones el control de sectores clave como la energía, el transporte, la salud o la educación, que pasan a regirse por la lógica del lucro.
Por el contrario, un gobierno industrialista y soberano busca que esos sectores estén al servicio del interés público, asegurando que los beneficios de su explotación y gestión se reinviertan en el país.
En términos sociales, un gobierno de derecha tiende a concentrar la riqueza y a debilitar la movilidad social, generando un esquema donde la desigualdad se profundiza y las oportunidades de desarrollo personal dependen de la capacidad económica individual. En cambio, un gobierno que impulsa la industrialización con justicia social entiende que el desarrollo económico debe ir acompañado de políticas redistributivas, acceso universal a servicios públicos de calidad, fortalecimiento de derechos laborales y fomento de la participación ciudadana en la definición de políticas.
La experiencia histórica demuestra que los países que han alcanzado altos niveles de soberanía política y económica lo han hecho a través de procesos de industrialización planificados y sostenidos por un Estado fuerte y presente. En cambio, los que se han entregado a políticas de mercado desregulado y apertura indiscriminada han quedado atrapados en la dependencia, la pobreza estructural y la vulnerabilidad frente a crisis externas.
Por eso, la elección entre un gobierno de derecha, que destruye el Estado para beneficio del poder económico concentrado, y uno que fomenta la industrialización para apuntalar la soberanía nacional, no es solo una cuestión ideológica, es una decisión estratégica sobre el futuro del país, su independencia real y las condiciones de vida de su pueblo.